04 de juny, 2019

Diario de Jack Murphy (el de la ley de Murphy) por el camino de Santiago (entrada #45)


Entrada 45.

Los mosquitos son unos cabrones. Unos cabrones de mala especie, buenos para nada. Llevan picándome desde el inicio del viaje. Al principio sus picadas no representaron la más leve molestia, de manera que tuve una desacostumbradamente feliz convivencia con las picadas y los mosquitos que las provocaban. De repente, ésta mañana, todo cambió. Se me han inflado las picadas y me han comenzado a arder cosa mala. Mi cara parecía un mapa. Brazos y piernas estaban tan hinchados que más de uno me ha confundido con el increible Hulk. Aprovechando que ella tenía que ir a la revisión de los 150Km al hospital más cercano, la he acompañado a ver qué podían recetarme para las picadas. Yo, tonto de mí, creía que con una pomadita habría suficiente. Craso error.

El hospital estaba colapsado con las incontables urgencias. Me refiero a colapsado según los estándares gallegos, lo cual significa que hemos tenido que esperar en una sala vacía durante menos de un minuto, hasta que se ha abierto una puerta, ha salido el paciente anterior y una voz ha gritado: "el siguiente".
Ha sido en ese momento cuando un fragmento de mi psique me ha alertado de lo que iba a suceder a continuación. Y he caído en la cuenta de lo estúpido que había sido dejándome arrastrar al hospital sin sopesar siquiera esa posibilidad. Efectivamente. La doctora ha dicho "inyección" ¡Oh, no! ¡Si lo sabía! ¡Lo sabía! ¡¡Haber pillado muerte!!

Pues nada. He tenido que afrontar la circunstancia con energía, valor y toda la dignidad que me permitían mis posaderas descubiertas.


-¿Tienes alergia a algo? -me ha preguntado la enfermera.

¿Por qué me lo preguntaba? ¿Es que había posibilidad de provocarme un shock anafiláctico fatal?


-Esto tal vez duela un poco -ha añadido.

¿¿Pero qué cumbres del dolor iba a alcanzar para recibir tal advertencia por parte de una profesional entrenada para tratar de minimizar los impactos y tranquilizar a los atemorizados pacientes?? ¡Eso sólo podía resultar en una agonía indescriptible, peor que cuando aquellos elefantes me pisotearon por encima de los colchones de fakir!

La enfermera ha procedido al pinchazo cuando yo estaba casi a punto de neutralizarla con una patada voladora y salir huyendo por la ventana. Pero el pinchazo ha sido tan solo un poco molesto y en cuanto al dolor, lo habría sentido mayor al recibir el impacto de una pelota de ping-pong lanzada por un nonagenario. 

 



Mis picadas se han desinflado a la misma velocidad que la sangre abandonaba mi rostro y que el mundo entero se fugaba de mi campo de visión. Me he despertado tendido en la camilla con los pies en alto y la enfermera remojándome el rostro con amor y comprensión. Es una pena que me haya visto en mi momento de mayor vergüenza: tengo una imagen que mantener, de manera que iba a tener que matarla. Y me temo que también debía volar el hospital. No puede haber testigos.
Ahora, después de la masacre, ya estoy algo mejor de las picadas. Se ha rebajado la hinchazón. Lo malo es que el picor sigue. A falta de una solución mejor, ella me ha dado una cremita que podía ayudar a dicho problema, pues se ve que previene contra picores de indeterminada procedencia... en la zona vaginal.

Y así me encuentro ahora, poniéndome en la picadas de los putos mosquitos una cremita diseñada para aliviar los picores en el chocho.
Ésta mujer quiere hundirme antes de darme el golpe de gracia.

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