29 de juny, 2007
18 de juny, 2007
11 de juny, 2007
01 de juny, 2007
23 de maig, 2007
15 de maig, 2007
05 de maig, 2007
27 d’abril, 2007
19 d’abril, 2007
05 d’abril, 2007
29 de març, 2007
18 de març, 2007
09 de març, 2007
La canción del viernes (40) “El extranjero” de Bunbury per Peix
“Porque allá donde voy
me llaman el extranjero.
Donde quiera que estoy,
el extranjero me siento”
Enrique Bunbury
¡Feliz viernes a todos!
La metáfora, a veces en exceso a veces con maestría. Esa retorcida figura retórica, esa arma arrojadiza en tiempos turbulentos, ese esfuerzo intelectual con premio y zanahoria, que pica con gusto, que purifica y enciende. Más de un censor ha caído de rodillas ante ella, más de uno ha pasado de largo. Miles de significados escondidos, jamás vistos y por descubrir, pequeñas y sutiles representaciones a la sombra. Tal vez en El extranjero de Bunbury encontremos la metáfora del desarraigado en casa, del atentado al significado, por todo lo contrario, por la tangente; tal vez no.
Siempre es difícil saber, al menos yo no lo tengo tan claro, qué ha de tener una buena canción, que elementos alquímicos generan la reacción necesaria e indispensable. Este tema es, sin duda, uno de los grandes del de Zaragoza, con o sin metáfora. El trabajo realizado por Enrique Bunbury en solitario bien merecía un aparte en esta pérdida de tiempo que llamamos la canción del viernes.
Nadando en la autosuficiencia y la pedantería, encontramos en él lo que hemos venido a denominar, humildemente (por supuesto), el desapego condicionado. A saber, los personajes públicos inundan nuestra intimidad por medio de entrevistas, reportajes, grabaciones y cortes publicitarios. Algunos dóciles, otros simpáticos, muchos patéticos, la mayoría guapos o con pose, otros incómodos, irritantes y asquerosos, despiertan en nosotros cariño y odio a partes iguales. Es fácil de entender que ciertas manifestaciones nos molesten y produzcan nuestra irremediablemente repulsa. A menudo se traslada esa tirria a otras categorías o ocupaciones del divo en cuestión; si Julio Iglesias te cae mal será normal aborrecer su música; si Rafa Nadal es del Madrid ya no te agradará tanto que gane; si Cantoná es subnormal igual no te gustará sobre el terreno de juego; si Garci es de derechas es de cajón que no podrás soportar sus películas; por más que sean unos fuera de serie el prejuicio vencerá. Este desapego condicionado es de combate a los puntos, interferencias extra-artísticas alimentan su contagio. Recelo de los condicionados pese a que, a menudo, soy uno de ellos ¡maldita incoherencia! El divismo y el snobismo han sido y serán caldo de cultivo en la creación musical. El ego alimenta el atrevimiento, la desenvoltura, la sensación todopoderosa de infalibilidad. Nos seduce la seguridad del artista, la resolución, pero con cierto peaje de humildad, con los pies en el suelo, bien domadito que en el fondo el dinero es nuestro. La lista de autores cuyo ego no cabría ni el Palau Sant Jordi es larga e inacabable: Roger Waters, Jim Morrison, Miles Davis, Moby, Eminem, Marilyn Manson, etcétera, etcétera y etcétera. Pero, amigos, negar lo innegable es peligroso: muchos de ellos son genios y grandes artistas.
Bunbury no se escapa de esa criba, famosas han sido sus rajadas, de campeonato fueron sus pomposas declaraciones. Héroes del Silencio lo encumbró y lo aburrió, un lavado de imagen y libertad fecundó el psicodélico y electrónico “Radical Sonora”, un brillante trabajo que fue castigado por el público y parte de la crítica.
Luego llegó “Pequeño” y eso fue otro cantar. Conocido como el Tom Waits español, el maño volvió a la cresta de la ola con un trabajo portentoso. De él extraemos este tema, una muestra de su talento para hacer grandes canciones y además buenos LPs. “El extranjero”, que nada tiene que ver con la obra de Albert Camus, nos lleva de viaje por los cabarets con tintes mediterráneos, por la música en mayúsculas. La riqueza armónica del conjunto enamora irremediablemente desde el primer instante y, sí, esa letra no se esconde; perdiendo la grandilocuencia que ostentaba en Héroes del Silencio, Bunbury llega aquí a la cálida y compleja sencillez. Con “Pequeño” el cambio de estilo vuelve a sorprender, si en su pasado rockero pudo notarse encotillado, donde algunos se acomodarían tranquilamente a la espera de los privilegios adquiridos, en solitario parece sentirse completamente libre para maniobrar sin obstáculos, para la creación emancipada.
Enrique Ortiz de Landázuri Yzarduy, si amigos ése es Bunbury, nace en Zaragoza un mes de agosto de 1967. Su apodo llega influenciado por una cita literaria de Oscar Wilde. Pese a ese dato, más o menos intelectual, su etapa estudiantil pasa con más pena que gloria acarreando bares, futbolines y una primera guitarra que adquiere a los trece años. Apocalipsis, Rebel Waltz (ejemplo categóricos de los pretensiosos nombres con los que los adolescentes bautizan a sus combos) fueron sus primeras bandas, más tarde “Proceso Entrópico” y “Zumo de Vidrio”, el germen de “Héroes del Silencio”.
Entonces llegó Phil Manzaneda y todo fueron días de vino y rosas, millones de ventas y conciertos mastodónticos. Pero en 1996 acaba el sueño silencioso, algo ya no iba igual que al principio, todo se había complicado. Bunbury necesitaba respirar, independencia: un cambio. La disolución de la banda dio paso a su extraordinaria carrera en solitario. Después de Radical Sonora y el comentado Pequeño, llegó Flamingos, una bella epopeya sobre el divorcio del artista, de terrible sensibilidad y valiente sinceridad, y Viaje a ninguna parte, con el colofón de la dura gira Freak show, donde Bunbury acusa el cansancio y durante un concierto en Zaragoza abandona el escenario después de la quinta canción (irónicamente el tema se llamaba Sácame de aquí). Todo de un pincelazo, así fácil, cancelación de la gira y disolución de la banda “El Huracán Ambulante”, nueve años al garete y necesito descanso. La tensión y el abatimiento pudieron con el artista aragonés pero no acabaron con él, en 2006 llegó un doble álbum grabado a medias junto a Nacho Vegas: El tiempo de las cerezas. Un espléndido retorno a las ondas y escenarios, seguramente uno de los mejores discos del, 2006. Hace muy poco se ha hecho público el retorno a los escenarios de “Héroes del Silencio”. Al igual que “The Police”, su regreso se materializará tan solo en directo; enhorabuena para los fans de la banda. Pero nosotros nos quedamos con el Bunbury en solitario, con el Bunbury comprometido y arriesgado, experimental y evocador.
me llaman el extranjero.
Donde quiera que estoy,
el extranjero me siento”
Enrique Bunbury
¡Feliz viernes a todos!
La metáfora, a veces en exceso a veces con maestría. Esa retorcida figura retórica, esa arma arrojadiza en tiempos turbulentos, ese esfuerzo intelectual con premio y zanahoria, que pica con gusto, que purifica y enciende. Más de un censor ha caído de rodillas ante ella, más de uno ha pasado de largo. Miles de significados escondidos, jamás vistos y por descubrir, pequeñas y sutiles representaciones a la sombra. Tal vez en El extranjero de Bunbury encontremos la metáfora del desarraigado en casa, del atentado al significado, por todo lo contrario, por la tangente; tal vez no.
Siempre es difícil saber, al menos yo no lo tengo tan claro, qué ha de tener una buena canción, que elementos alquímicos generan la reacción necesaria e indispensable. Este tema es, sin duda, uno de los grandes del de Zaragoza, con o sin metáfora. El trabajo realizado por Enrique Bunbury en solitario bien merecía un aparte en esta pérdida de tiempo que llamamos la canción del viernes.
Nadando en la autosuficiencia y la pedantería, encontramos en él lo que hemos venido a denominar, humildemente (por supuesto), el desapego condicionado. A saber, los personajes públicos inundan nuestra intimidad por medio de entrevistas, reportajes, grabaciones y cortes publicitarios. Algunos dóciles, otros simpáticos, muchos patéticos, la mayoría guapos o con pose, otros incómodos, irritantes y asquerosos, despiertan en nosotros cariño y odio a partes iguales. Es fácil de entender que ciertas manifestaciones nos molesten y produzcan nuestra irremediablemente repulsa. A menudo se traslada esa tirria a otras categorías o ocupaciones del divo en cuestión; si Julio Iglesias te cae mal será normal aborrecer su música; si Rafa Nadal es del Madrid ya no te agradará tanto que gane; si Cantoná es subnormal igual no te gustará sobre el terreno de juego; si Garci es de derechas es de cajón que no podrás soportar sus películas; por más que sean unos fuera de serie el prejuicio vencerá. Este desapego condicionado es de combate a los puntos, interferencias extra-artísticas alimentan su contagio. Recelo de los condicionados pese a que, a menudo, soy uno de ellos ¡maldita incoherencia! El divismo y el snobismo han sido y serán caldo de cultivo en la creación musical. El ego alimenta el atrevimiento, la desenvoltura, la sensación todopoderosa de infalibilidad. Nos seduce la seguridad del artista, la resolución, pero con cierto peaje de humildad, con los pies en el suelo, bien domadito que en el fondo el dinero es nuestro. La lista de autores cuyo ego no cabría ni el Palau Sant Jordi es larga e inacabable: Roger Waters, Jim Morrison, Miles Davis, Moby, Eminem, Marilyn Manson, etcétera, etcétera y etcétera. Pero, amigos, negar lo innegable es peligroso: muchos de ellos son genios y grandes artistas.Bunbury no se escapa de esa criba, famosas han sido sus rajadas, de campeonato fueron sus pomposas declaraciones. Héroes del Silencio lo encumbró y lo aburrió, un lavado de imagen y libertad fecundó el psicodélico y electrónico “Radical Sonora”, un brillante trabajo que fue castigado por el público y parte de la crítica.
Luego llegó “Pequeño” y eso fue otro cantar. Conocido como el Tom Waits español, el maño volvió a la cresta de la ola con un trabajo portentoso. De él extraemos este tema, una muestra de su talento para hacer grandes canciones y además buenos LPs. “El extranjero”, que nada tiene que ver con la obra de Albert Camus, nos lleva de viaje por los cabarets con tintes mediterráneos, por la música en mayúsculas. La riqueza armónica del conjunto enamora irremediablemente desde el primer instante y, sí, esa letra no se esconde; perdiendo la grandilocuencia que ostentaba en Héroes del Silencio, Bunbury llega aquí a la cálida y compleja sencillez. Con “Pequeño” el cambio de estilo vuelve a sorprender, si en su pasado rockero pudo notarse encotillado, donde algunos se acomodarían tranquilamente a la espera de los privilegios adquiridos, en solitario parece sentirse completamente libre para maniobrar sin obstáculos, para la creación emancipada.Enrique Ortiz de Landázuri Yzarduy, si amigos ése es Bunbury, nace en Zaragoza un mes de agosto de 1967. Su apodo llega influenciado por una cita literaria de Oscar Wilde. Pese a ese dato, más o menos intelectual, su etapa estudiantil pasa con más pena que gloria acarreando bares, futbolines y una primera guitarra que adquiere a los trece años. Apocalipsis, Rebel Waltz (ejemplo categóricos de los pretensiosos nombres con los que los adolescentes bautizan a sus combos) fueron sus primeras bandas, más tarde “Proceso Entrópico” y “Zumo de Vidrio”, el germen de “Héroes del Silencio”.
Entonces llegó Phil Manzaneda y todo fueron días de vino y rosas, millones de ventas y conciertos mastodónticos. Pero en 1996 acaba el sueño silencioso, algo ya no iba igual que al principio, todo se había complicado. Bunbury necesitaba respirar, independencia: un cambio. La disolución de la banda dio paso a su extraordinaria carrera en solitario. Después de Radical Sonora y el comentado Pequeño, llegó Flamingos, una bella epopeya sobre el divorcio del artista, de terrible sensibilidad y valiente sinceridad, y Viaje a ninguna parte, con el colofón de la dura gira Freak show, donde Bunbury acusa el cansancio y durante un concierto en Zaragoza abandona el escenario después de la quinta canción (irónicamente el tema se llamaba Sácame de aquí). Todo de un pincelazo, así fácil, cancelación de la gira y disolución de la banda “El Huracán Ambulante”, nueve años al garete y necesito descanso. La tensión y el abatimiento pudieron con el artista aragonés pero no acabaron con él, en 2006 llegó un doble álbum grabado a medias junto a Nacho Vegas: El tiempo de las cerezas. Un espléndido retorno a las ondas y escenarios, seguramente uno de los mejores discos del, 2006. Hace muy poco se ha hecho público el retorno a los escenarios de “Héroes del Silencio”. Al igual que “The Police”, su regreso se materializará tan solo en directo; enhorabuena para los fans de la banda. Pero nosotros nos quedamos con el Bunbury en solitario, con el Bunbury comprometido y arriesgado, experimental y evocador. 08 de març, 2007
02 de març, 2007
La canción del viernes (39) “The Greatest” de Cat Power per Peix
¡Feliz viernes a todos!
La exclusividad de un sistema hecho para triunfadores incuba el desencanto y la desesperación para los que no pueden o no quieren ganar. Inválidos para la competición, incapaces para el juego, marginados obligados o consentidos, todos ellos, perdedores y olvidados, conocen los límites, entre lo correcto y lo defectuoso, entre los de aquí y los de allá. En una civilización donde la solidaridad brilla por su ausencia (si acaso la caridad, la limosna, y apenas...), no hay lugar para los descarrilados. “¡Que se adapten!” dirán algunos, “¡que se lo ganen como todo el mundo!”, “que lo suden”, y quizá lo acompañarán con un proverbial “¡coño!”.
No perder el tren, no apartarse de la carretera, de la línea general, si no: el desprecio, aún peor, el olvido, el aislamiento. Así nos queda de claro desde bien pequeños: dibujando una frontera, los prejuicios juegan su papel divisorio, el corte de la baraja. Fuera de la fronteras, al otra lado, en la cara “mala” del mundo, existe una, otra, sociedad que también vive, ama, odia y teme, que nos habla acerca de los sueños, del anhelo y la aflicción, en fin: de los problemas que siempre han preocupado a la humanidad, pero vistos con otros ojos, mirados desde otra perspectiva. Desde la explosión de los medios de comunicación y el incontestable apogeo del capitalismo, mucho se ha escrito sobre el tema en el siglo XX, Estados Unidos, cuna del sueño americano y el maniqueísmo, es el país donde más expresiones outsiders han acontecido desde el arte en las últimas décadas. Por lo que a la música se refiere hallamos numerosos testimonios que así lo corroboran. De su mano nos sumergimos en la complejidad de ese mundo que algunos se esfuerzan en obviar y otros en relatar. Como ejemplo, y entre otros, que nadie se me vaya a ofender, tenemos a Nirvana, Tom Waits, Neil Young, Nick Cave, PJ Harvey y Cat Power.
Con esta última nos quedamos. Desde su último y aclamado trabajo, The Greatest, nos llega la maravillosa canción de hoy, precisamente The Greatest. Encabezando esta obra maestra del 2006, el tema resulta agridulce, un claroscuro embriagador que con delicadeza nos desarma ante sus majestuosas notas. Allegada al gran público por la benevolencia de ciertos locutores de masas de buen gusto, Chan Marshal (su nombre auténtico) ilumina con este trabajo su discografía de lamentos contenidos y texturas dramáticas.
Arropada con los músicos que hicieron grande el sello Motown, graba en Memphis un álbum de redención, un canto de esperanza y recapitulación. Difícil no emocionarse con su lírica y sensible composición, imposible no rendirse ante la madurez que emana de un disco único y excelente. Arreglado a la vieja usanza, el último disco de la americana resalta de entre la saturación de propuestas por su ternura y debilidad; al borde del llanto, Chan nos canta desde el corazón, sin concesiones, sin sentimentalismos mediocres y lágrimas efectistas. Ardua ha sido la tarea de escoger un tema en tan brillante disco, Lived in bars, Could we, Where is my love, Hate y Love and comunication se lo han puesto muy difícil.
Nacida en el sur de los Estados Unidos hace treinta y cuatro primaveras, Chan Marshal es hija de padres divorciados; su progenitor, un pianista itinerante, se hizo cargo de ella desde muy pequeña. Tras una adolescencia tempestuosa comienza a actuar con el sobrenombre de Cat Power, un ascenso vertiginoso le lleva a Nueva York, a Sonic Youth como padrinos y sus primeras grabaciones,
Dear sir y Mira Lee, en 1995 y 1996, con la discográfica Plain. Desde el principio, y claramente, se pude identificar su particular apuesta taciturna y enigmática por la música. Cantautora oscura y melancólica, sus letras opresivas enseguida despuntaron por la rudeza y la aplastante sinceridad que desprendían. Adorada por los indies y por los críticos, edita Waht would the community think y, sobretodo, Moon pix, con American flag como bandera. Estos trabajos le dan el prestigio necesario para subsistir en el mercado más alejado del star-system convencional y hacerse un nombre de prestigio entre los entendidos. En el 2000 llega Cover records, un álbum de versiones, con temas de Bob Dylan, The Rolling Stones, The Velvet Underground y otros (nunca antes una versión de Satisfaction había sonado tan diferente), en 2003 You are free y finalmente The Greatest. De aspecto frágil y indefenso, con una prosa herida y lastimada, el repertorio de Cat Power posee el veneno corrosivo de los grandes temas, la maldición de los héroes caídos. Brillando con una fuerza demoledora, nos muestra, desde vaya usted a saber que lado, y en el fondo, qué demonios importa, su irresistible y dolorido magnetismo.
La exclusividad de un sistema hecho para triunfadores incuba el desencanto y la desesperación para los que no pueden o no quieren ganar. Inválidos para la competición, incapaces para el juego, marginados obligados o consentidos, todos ellos, perdedores y olvidados, conocen los límites, entre lo correcto y lo defectuoso, entre los de aquí y los de allá. En una civilización donde la solidaridad brilla por su ausencia (si acaso la caridad, la limosna, y apenas...), no hay lugar para los descarrilados. “¡Que se adapten!” dirán algunos, “¡que se lo ganen como todo el mundo!”, “que lo suden”, y quizá lo acompañarán con un proverbial “¡coño!”.
No perder el tren, no apartarse de la carretera, de la línea general, si no: el desprecio, aún peor, el olvido, el aislamiento. Así nos queda de claro desde bien pequeños: dibujando una frontera, los prejuicios juegan su papel divisorio, el corte de la baraja. Fuera de la fronteras, al otra lado, en la cara “mala” del mundo, existe una, otra, sociedad que también vive, ama, odia y teme, que nos habla acerca de los sueños, del anhelo y la aflicción, en fin: de los problemas que siempre han preocupado a la humanidad, pero vistos con otros ojos, mirados desde otra perspectiva. Desde la explosión de los medios de comunicación y el incontestable apogeo del capitalismo, mucho se ha escrito sobre el tema en el siglo XX, Estados Unidos, cuna del sueño americano y el maniqueísmo, es el país donde más expresiones outsiders han acontecido desde el arte en las últimas décadas. Por lo que a la música se refiere hallamos numerosos testimonios que así lo corroboran. De su mano nos sumergimos en la complejidad de ese mundo que algunos se esfuerzan en obviar y otros en relatar. Como ejemplo, y entre otros, que nadie se me vaya a ofender, tenemos a Nirvana, Tom Waits, Neil Young, Nick Cave, PJ Harvey y Cat Power.Con esta última nos quedamos. Desde su último y aclamado trabajo, The Greatest, nos llega la maravillosa canción de hoy, precisamente The Greatest. Encabezando esta obra maestra del 2006, el tema resulta agridulce, un claroscuro embriagador que con delicadeza nos desarma ante sus majestuosas notas. Allegada al gran público por la benevolencia de ciertos locutores de masas de buen gusto, Chan Marshal (su nombre auténtico) ilumina con este trabajo su discografía de lamentos contenidos y texturas dramáticas.
Arropada con los músicos que hicieron grande el sello Motown, graba en Memphis un álbum de redención, un canto de esperanza y recapitulación. Difícil no emocionarse con su lírica y sensible composición, imposible no rendirse ante la madurez que emana de un disco único y excelente. Arreglado a la vieja usanza, el último disco de la americana resalta de entre la saturación de propuestas por su ternura y debilidad; al borde del llanto, Chan nos canta desde el corazón, sin concesiones, sin sentimentalismos mediocres y lágrimas efectistas. Ardua ha sido la tarea de escoger un tema en tan brillante disco, Lived in bars, Could we, Where is my love, Hate y Love and comunication se lo han puesto muy difícil. Nacida en el sur de los Estados Unidos hace treinta y cuatro primaveras, Chan Marshal es hija de padres divorciados; su progenitor, un pianista itinerante, se hizo cargo de ella desde muy pequeña. Tras una adolescencia tempestuosa comienza a actuar con el sobrenombre de Cat Power, un ascenso vertiginoso le lleva a Nueva York, a Sonic Youth como padrinos y sus primeras grabaciones,
Dear sir y Mira Lee, en 1995 y 1996, con la discográfica Plain. Desde el principio, y claramente, se pude identificar su particular apuesta taciturna y enigmática por la música. Cantautora oscura y melancólica, sus letras opresivas enseguida despuntaron por la rudeza y la aplastante sinceridad que desprendían. Adorada por los indies y por los críticos, edita Waht would the community think y, sobretodo, Moon pix, con American flag como bandera. Estos trabajos le dan el prestigio necesario para subsistir en el mercado más alejado del star-system convencional y hacerse un nombre de prestigio entre los entendidos. En el 2000 llega Cover records, un álbum de versiones, con temas de Bob Dylan, The Rolling Stones, The Velvet Underground y otros (nunca antes una versión de Satisfaction había sonado tan diferente), en 2003 You are free y finalmente The Greatest. De aspecto frágil y indefenso, con una prosa herida y lastimada, el repertorio de Cat Power posee el veneno corrosivo de los grandes temas, la maldición de los héroes caídos. Brillando con una fuerza demoledora, nos muestra, desde vaya usted a saber que lado, y en el fondo, qué demonios importa, su irresistible y dolorido magnetismo.27 de febrer, 2007
26 de febrer, 2007
23 de febrer, 2007
La canción del viernes (38) “In the air tonight” de Phil Collins per Peix
¡Feliz viernes a todos!
Tristeza, dolor y venganza, muchas canciones tienen que ver con esas palabras. Algunas grandiosas, otras mediocres, estas composiciones se sustentan en una atmósfera agria y resentida. Una amargura que emerge de los malos tiempos, una redención anhelada y perturbada. La cíclica ruptura de los enamorados, el lastimoso desengaño, la traicionera infidelidad y el aplastante desamor son el substrato que bautiza las grandes composiciones. Canciones con las que nos identificamos, con las que aprendemos a olvidar.
La música rock es muy proclive a este tipo de expresiones, habida cuenta tenemos en nuestro país (Los Planetas, Nacho Vegas, Joaquín Sabina, por poner algunos, los más bestias) y en el extranjero (The Rolling Stones, The Cure...), de hecho, no se entiende el movimiento aglutinador y mesiánico del rock sin esos versos envenenados, sin ese eterno lamento. Seguro que todos tenemos esa canción que habla mejor que nosotros sobre aquello que nos pasó y nos arrasó, seguro que entre los reproches cantamos esa tonada que nos viene a la cabeza porque sí, porque es eso; la banda sonora de nuestras vidas recopila las luces y sombras, lo mejor y lo peor. En tiempos de apatía e insensibilidad expulsar los demonios es casi una insolencia, un atrevimiento. Como en el mito del eterno retorno, los buenos tiempos volverán, mientras: caguémonos en todo. Para algunos críticos y observadores cantar al dolor es un paso hacía la madurez, tal vez (se ve que Alejandro Sanz ahora es más maduro porque en su última grabación se filtra la oscuridad de un corazón partido de verdad), pero la madurez está para eso y mucho más, si no que se lo digan a los Dylan, Knopfler, Van Morrison y otros, que se han cansado de buscar la gran canción y se han obsesionado con acaraciar lo sencillo. La música imita a la vida, no se entiende sin ella, es absurda sin su existencia. Bailes, recuerdos, sonrisas, lágrimas, emoción, epopeyas, bucólicas, poesías, todo está en ella, todo lo recoge; nada se escapa.
Como si de un latigazo se tratase, la canción de hoy sacude este plácido viernes de febrero, la inusual “In the air tonight” (cuya letra va acompañada de una leyenda urbana, totalmente falsa, acerca de un hombre que se ahoga en el mar y otro que le niega su ayuda), de Phil Collins, se manifiesta especialmente brutal e incómoda entre el repertorio al que nos tiene acostumbrado el ex-cantante y baterista de Genesis. Poco después del divorcio de su primer matrimonio, el bueno de Collins publica este tema en el, no menos extraordinario, álbum “Face Value” de 1981.
Todo el LP está influenciado por este convulso acontecimiento y temas con el de hoy y “If leave me is easy” completan un trabajo complejo e introspectivo. Con la composición de este tema, el inglés esboza un previo, una visión, del trip-hop y del movimiento musical que aconteció a finales de los ochenta. A caballo entre Genesis y su carrera en solitario, “In the air tonight” posicionó a Phil Collins en el star-system del momento, casi un millón de ventas arroparon la arriesgada propuesta de “Face Value”, público y crítica estuvieron de nuevo de acuerdo.
Philip David Charles Collins nació en Londres el 30 de enero de 1951. Con cinco años y un tambor entre sus manos, la plácida familia Collins comenzó a padecer las consecuencias de un regalo, a priori, inocente y apropiado. Con la adolescencia adquirió la deseada batería, los primeros escarceos con bandas adolescentes y el teatro amateur, Collins actuó en diversas obras de cierto renombre. En 1970 entró a formar parte de Genesis, liderada en aquel entonces por el genial Peter Gabriel, cuando el grupo buscaba un baterista para substituir la plaza que dejaba vacante John Mayhew.
Aportando su buen humor y un buen hacer incomparable en la composición y el arreglo de los temas, Collins se integró perfectamente en el equipo y trabajó a la sombra de Gabriel junto a Banks, Hackett y Rutherford. Tras “The lamb lies down on Broadway” (uno de los álbumes conceptuales más valorados de la formación) Gabriel abandona la banda para iniciar una proclive carrera en solitario, Phil tomó su relevo para coger las riendas de Genesis. Pero las inquietudes personales puedieron más que el trabajo coral y con el mencionado “Face Value”, Collins inicia también su aventura en solitario. Llena de éxitos y altibajos, la compagina con el trabajo de Genesis hasta 1997, cuando finalmente deja el grupo para centrarse en sus creaciones personales. De su discografía cabe destacar “No jacket required” y “But seriously”, donde el apogeo creativo de este singular autor tontea de manera magistral con la calidad y lo comercial, y encontramos, sin duda, al mejor Collins.
Os dejamos con una novedad: desde hoy intentaremos, siempre que sea posible, añadir un vídeo o un audio de la canción que comentamos con esmero y cariño desde esta sección “semanal”.
Tristeza, dolor y venganza, muchas canciones tienen que ver con esas palabras. Algunas grandiosas, otras mediocres, estas composiciones se sustentan en una atmósfera agria y resentida. Una amargura que emerge de los malos tiempos, una redención anhelada y perturbada. La cíclica ruptura de los enamorados, el lastimoso desengaño, la traicionera infidelidad y el aplastante desamor son el substrato que bautiza las grandes composiciones. Canciones con las que nos identificamos, con las que aprendemos a olvidar.
La música rock es muy proclive a este tipo de expresiones, habida cuenta tenemos en nuestro país (Los Planetas, Nacho Vegas, Joaquín Sabina, por poner algunos, los más bestias) y en el extranjero (The Rolling Stones, The Cure...), de hecho, no se entiende el movimiento aglutinador y mesiánico del rock sin esos versos envenenados, sin ese eterno lamento. Seguro que todos tenemos esa canción que habla mejor que nosotros sobre aquello que nos pasó y nos arrasó, seguro que entre los reproches cantamos esa tonada que nos viene a la cabeza porque sí, porque es eso; la banda sonora de nuestras vidas recopila las luces y sombras, lo mejor y lo peor. En tiempos de apatía e insensibilidad expulsar los demonios es casi una insolencia, un atrevimiento. Como en el mito del eterno retorno, los buenos tiempos volverán, mientras: caguémonos en todo. Para algunos críticos y observadores cantar al dolor es un paso hacía la madurez, tal vez (se ve que Alejandro Sanz ahora es más maduro porque en su última grabación se filtra la oscuridad de un corazón partido de verdad), pero la madurez está para eso y mucho más, si no que se lo digan a los Dylan, Knopfler, Van Morrison y otros, que se han cansado de buscar la gran canción y se han obsesionado con acaraciar lo sencillo. La música imita a la vida, no se entiende sin ella, es absurda sin su existencia. Bailes, recuerdos, sonrisas, lágrimas, emoción, epopeyas, bucólicas, poesías, todo está en ella, todo lo recoge; nada se escapa.Como si de un latigazo se tratase, la canción de hoy sacude este plácido viernes de febrero, la inusual “In the air tonight” (cuya letra va acompañada de una leyenda urbana, totalmente falsa, acerca de un hombre que se ahoga en el mar y otro que le niega su ayuda), de Phil Collins, se manifiesta especialmente brutal e incómoda entre el repertorio al que nos tiene acostumbrado el ex-cantante y baterista de Genesis. Poco después del divorcio de su primer matrimonio, el bueno de Collins publica este tema en el, no menos extraordinario, álbum “Face Value” de 1981.
Todo el LP está influenciado por este convulso acontecimiento y temas con el de hoy y “If leave me is easy” completan un trabajo complejo e introspectivo. Con la composición de este tema, el inglés esboza un previo, una visión, del trip-hop y del movimiento musical que aconteció a finales de los ochenta. A caballo entre Genesis y su carrera en solitario, “In the air tonight” posicionó a Phil Collins en el star-system del momento, casi un millón de ventas arroparon la arriesgada propuesta de “Face Value”, público y crítica estuvieron de nuevo de acuerdo.Philip David Charles Collins nació en Londres el 30 de enero de 1951. Con cinco años y un tambor entre sus manos, la plácida familia Collins comenzó a padecer las consecuencias de un regalo, a priori, inocente y apropiado. Con la adolescencia adquirió la deseada batería, los primeros escarceos con bandas adolescentes y el teatro amateur, Collins actuó en diversas obras de cierto renombre. En 1970 entró a formar parte de Genesis, liderada en aquel entonces por el genial Peter Gabriel, cuando el grupo buscaba un baterista para substituir la plaza que dejaba vacante John Mayhew.
Aportando su buen humor y un buen hacer incomparable en la composición y el arreglo de los temas, Collins se integró perfectamente en el equipo y trabajó a la sombra de Gabriel junto a Banks, Hackett y Rutherford. Tras “The lamb lies down on Broadway” (uno de los álbumes conceptuales más valorados de la formación) Gabriel abandona la banda para iniciar una proclive carrera en solitario, Phil tomó su relevo para coger las riendas de Genesis. Pero las inquietudes personales puedieron más que el trabajo coral y con el mencionado “Face Value”, Collins inicia también su aventura en solitario. Llena de éxitos y altibajos, la compagina con el trabajo de Genesis hasta 1997, cuando finalmente deja el grupo para centrarse en sus creaciones personales. De su discografía cabe destacar “No jacket required” y “But seriously”, donde el apogeo creativo de este singular autor tontea de manera magistral con la calidad y lo comercial, y encontramos, sin duda, al mejor Collins.Os dejamos con una novedad: desde hoy intentaremos, siempre que sea posible, añadir un vídeo o un audio de la canción que comentamos con esmero y cariño desde esta sección “semanal”.
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