21 de gener, 2013

Relats: "MUCHACHICA" part V (i última), per escoltainvisible

De esta manera me convenció para volver a su casa, por tercera vez en tres noches. Pero a diferencia de las ocasiones anteriores, en que me dirigí hacia allí cual victorioso caballero que regresa al castillo donde reside su dama, ahora me encaminaba hacia la oscura fortaleza habitada por una criatura despiadada y maligna.
Atravesé el largo pasillo del rellano de su piso de un humor de perros. Me pregunté si algo de lo que me dirían las hermanas podría contribuir a aplacar mi enfado. De verdad que no quería que jugasen conmigo. La Muchachica había empezado a importarme, y podían hacerme mucho daño entre las dos. Me presenté ante la puerta. Inspiré hondo. Llamé.
Me abrieron las dos muchachicas. Una era Estela. Ahora lo sabía seguro. Aunque no podría decir con seguridad cuál. A juzgar por su rostro, ambas podían haber sido mi Muchachica. En esos momentos, ambas hermanas eran idénticas en todo. Ni rastro de las diferencias que me habían ayudado a diferenciarlas con anterioridad: ni las gafitas ni la indiferencia y frialdad de la hermanita repelente. Se las veía compungidas por igual. Supuse que la hermana se habría ganado una fuerte reprimenda.

─Hola ─dije─. Antes de nada: ¿quién es Estela?
─Yo soy ─dijo la más próxima. La otra no habló.
─OK. Estela. Entonces entiendo que tú eres Evelyn, ¿verdad?
─Pasa, por favor, no te quedes en la puerta ─dijo la primera, estirándome de la mano y obligándome a entrar─. Evelyn es otra hermana nuestra que ahora mismo está trabajando en Australia, y que ni se parece a nosotras ni tiene nada que ver con todo esto.
─¿Cómo? ─dije estupefacto─ ¿Me habéis engañado otra vez? ¿Y pretendéis que me quede?
─¡Espera por favor! ─continuó la primera. Su hermana aún no había abierto la boca─ No te vayas. Todo tiene una explicación.
─¿Sí? Pues más vale que sea buena.
─Lo es ─contestó ella─. O al menos, muy gráfica.

La hermana asintió con la cabeza.

─Anda, ven al salón. Allí lo entenderás todo.

Tiró de mi una vez más, pero yo me resistí.

─No, un momento. No creo que sea tan complicado: ¿Cómo se llama ella? De alguna manera tendré que diferenciaros, ¿no?
─Ya te he dicho que era complicado.
─¿Qué hay de complicado en decir un nombre?

Las dos hermanas se miraron.

─Yo también me llamo Estela.

Si me pinchan no me sacan sangre. Mi mente corrió a intentar ofrecerme variedad de explicaciones posibles. ¿Podía ser que tuvieran unos padres tan irresponsables que hubieran decidido poner el mismo nombre a las dos hermanas? Ni siquiera sabía si eso era legal. Después de unos instantes, reaccioné, dando por zanjada la cuestión: no, no era creíble. No tenía lógica ninguna.

─¡No, no puede ser! ─me rebelé, esperando más explicaciones─. ¿Es que no lo veis? ¡Dos personas, dos nombres!
─Pasa al salón, por favor ─dijo una.
─Te lo explicaremos todo, pero te lo explicaremos allí ─insistió la otra.
─A ver: ¿tenéis el DNI? ─me empeciné yo.

Una de ellas me mostró un DNI después de revolver en uno de los muchos bolsos que había en un colgador del recibidor. La foto no daba lugar a dudas. Era ella. Quién fuera que ella fuese. Estela Fernández Incharruaga según el carnet. Hija de Gonzalo y de Idoia.
Nos acercábamos al salón al que tanto interés tenían en llevarme. Quedaban solo unos metros. Y yo seguía dejándome arrastrar pero imponiendo cierta resistencia.

─Bueno, de acuerdo. Y aquí me falta otro.
─Es complicado ─repitió una.
─Solo hay uno ─dijo la hermana.
─¿Cómo?
─Usamos todas ese mismo.
─¿Todas? ¿Pero qué narices…? ¿A qué demonios…?

Y el «… te refieres» murió en mis labios cuando por fin, las dos chicas consiguieron hacerme entrar en el salón. Y vi quienes eran las personas que ocupaban todos los asientos de aquel amplio espacio. Nunca me había sentido tan extraño. Me hallaba ante una manada de muchachicas. Todas iguales. Cada uno de sus respectivos cuerpos parecía idéntico hasta el más leve detalle al de la chica contigua: las mismas pantorrillas, la misma melena rojiza, la misma cara adorable… Incluso la misma expresión compungida, avergonzada. ¿Cual era el récord mundial de parto múltiple? ¿ocho gemelos vivos? ¿nueve, tal vez? Bien, pues la Muchachica y sus hermanas lo habían superado con creces. No menos de veinte pares de ojos marrones me miraban en la sala redonda. Lo único que parecía diferenciarlas era la indumentaria. Unas iban de rojo, otras de verde, unas de azul, otras de negro. Unas con faldas, otras con pantalones. Unas con tirantes, otras con camisetas. A una, de pie cerca de mi, la reconocí: era la estudiante de gafitas. Mantenía los brazos cruzados al frente, aunque había perdido algo de su actitud distante.

─¿Pero cómo…? ─dije yo, anonadado, estupefacto.
─Es lo que intentaba decirte ─comenzó la que me había abierto la puerta─. Yo soy Estela. Y esta de aquí también es Estela. Y todas ellas, también se llaman Estela. Compartimos nombre, porque no somos varias personas. Somos una sola.

Y por fin comprendí aquel sobrenombre que le habían dado a Estela. Lo comprendí todo. «Muchachica»: crees tener una chica y tienes muchas. Hasta aquel momento no me había dado cuenta del chiste.

─Esto no puede ser ─dije, resistiéndome a aceptar la evidencia ante mis ojos─. ¿Una persona con muchos cuerpos? ¡Es ridículo! ¿Cómo sabes que no sois varias personas con un solo cuerpo?

Las chicas empezaron a turnarse para decir una sola palabra cada una. Me di cuenta de que estaban pronunciando una única frase que, o bien había sido concienzudamente ensayada, o forzosamente tenía que surgir de una mente común.

─Pues…
─… porque…
─… compartimos…
─… pensamientos,…
─… tontín…
─En…
─… realidad…
─… no…
─… necesitaríamos…
─… hablar…
─… entre…
─… nosotras…
─Aunque…
─… la…
─… verdad…
─… preferimos…
─… hacerlo…
─… sobretodo en presencia de otros ─concluyó una.

Me sentía como Darren, el marido de Samantha en Embrujada.

─Si hemos accedido a mostrarte nuestro secreto es porque nos gustas mucho. Y no queremos que se acabe así lo nuestro ─dijo la que estaba más cerca de mi, rodeándome con el brazo.
─Bueno, un momento, un momento, un momento. Entiendes que esto se haya complicado un poco, ¿no? ─me defendí yo, separándome de su abrazo─. ¡Esto es lo más insólito que he visto en mi vida! ¿Siempre habéis sido así? ─pregunté.
─No, no siempre. Hubo una época en la que yo era una única persona con un solo cuerpo.
─Ahá. ¿Y qué pasó?
─Bueno, te lo explicaré, pero te advierto que es una explicación increíble, que hay quien no consideraría racional o científicamente demostrable. Vas a tener que fiarte de mi palabra y tener una mente receptiva y abierta.
─Tengo una mente de lo más abierta ─dije convencido─. Dispara.
─Bueno, pues todo sucedió estando de vacaciones en Marruecos, donde pasé un par de semanas en compañía de unos amigos. Y durante el transcurso de ese viaje, en una excursión al Atlas, ocurrió que descubrí una lámpara antigua, la froté y… lo creas o no, ¡de dentro salió un genio!

Sin duda, otro hubiera escuchado el relato, se hubiera levantado en silencio, y se hubiera marchado. Pero como acababa de decirle a la Muchachica, tengo una mente de lo más abierta, y lo que dije fue:

─¿Cómo se llamaba el genio?

Tuve el gran placer de ver como mi pregunta hacía que se cambiasen las tornas. Obviamente esperaban un mayor nivel de escepticismo por mi parte.

─Flidriff ─dijo una de ellas.
─Ahá ─contesté yo─. Lo imaginaba. Yo también tuve la suerte de encontrar una lámpara maravillosa en un recodo del camino que conduce al monte Toubkal. Ni siquiera estaba escondida. Cuando Flidriff apareció desde su interior, no me dio la impresión de llevar encerrado cientos de años: en lugar de darme las gracias y alegrarse, mostró bastante indiferencia hacia su recién recuperada libertad y solo acabó concediéndome un deseo tras mucho insistir. Eso sí: tuve que conformarme con un deseo de medio pelo, algo que no fuera completamente irrealizable por sí solo. Ahora me doy cuenta del porqué. Tal vez había gastado buena parte de sus poderes concediendo un deseo anterior.
─¿¿Conociste a Flidriff?? ─dijeron todas a la vez, flipando.
─Bueno ─reflexionó la representante de todas en voz alta─, la verdad es que coincide, porque cuando Flidriff nos concedió nuestro deseo, procuramos dejar su lámpara en un lugar bien visible, para que pudiese hacer uso de ella el siguiente que pasara.
─Pues ya ves. Ocurrió.
─¿Y tú al final qué pediste? ─me preguntaron.
─Bueno, viendo que no podía pedir cosas muy complicadas, al final me decidí por algo improbable, pero que por leyes probabilísticas tal vez algún día pudiera suceder. Y debo decir que me lo concedió.
─¿Qué fue? ─preguntaron ellas con curiosidad.
─Bueno, le dije que me gustaría llegar a ver la selección ganando el Mundial.

Aquello despertó cierta hilaridad entre las muchachicas. La verdad es que no sé si seguir usando el plural o el singular. Cuando hablo de mi Muchachica, todo se vuelve algo confuso.

─Hay que reconocer que Flidriff es muy eficaz ─continué─. Me lo concedió a la primera. ¡Y las Eurocopas fueron de propina!
─Sí que es eficaz, sí ─continuó Estela─. En mi caso, cuando salió, llevaba al menos un siglo o dos encerrado, de forma que había acumulado poder para conceder cualquier deseo. Cualquiera. Incluso los imposibles.
─Y eso fue lo que le pediste: un imposible.
─Bueno, ni siquiera llegué a formular el deseo. Tan solo me limité a explicarle mi problema. Y es que soy muy activa. Demasiado. Tengo ganas de comerme el mundo. Y eso a veces es un problema. No tengo tiempo para dedicar a todas las actividades que me gustan. Quiero hacerlo todo: escalar, esquiar, paracaidismo, danza… Y luego están los amigos... Y los estudios, qué decir: desde Egiptología y Criminología, hasta Economía, Física, Derecho, Medicina… ¿Y las vacaciones? Egipto, Australia, la India, China… ¡¡Quería ir a todas partes!! ¡Hacerlo todo! Hasta el momento en que encontré a Flidriff, ya había ido trampeando, pero aquello no era sostenible por más tiempo, e iba a tener que empezar a hacer renuncias. Renuncias muy dolorosas, porque sencillamente no hay tiempo para todo.
─Entonces pediste tiempo.
─Exacto. Y eso fue lo que me concedió. Una manera un tanto peculiar, lo reconozco, de poder llegar a todo. Y no me quejo. Aunque a veces de miedo pensar que mis sueños no hubieran sido realizables de no haber podido disponer de este ejército de casi veinticinco yos. Pero gracias a ellas, puedo decir que me siento completamente realizada.

La interlocutora se detuvo y me miró con una sonrisa de satisfacción. Las chicas a su alrededor se miraron y se abrazaron entre sí, como si fueran grandes amigas.

─Bueno… Casi completamente realizada ─añadió con tristeza─. Pero la verdad, por mucho que tenga un montón de compañeras, no dejan de ser todas yo misma. Y eso significa que en realidad estoy muy, muy sola. La gente toma las de Villadiego cuando ve algo fuera de lo común. Nadie se queda a nuestro alrededor mucho tiempo. No tengo amigas. No tengo novios. Amantes sí, los que quieras.
─Tal vez demasiados ─repuso otra.
─A veces en una misma noche ─dijo una tercera. Pensamientos laterales que otra persona hubiera retenido para sí, la Muchachica los revelaba haciendo uso de sus dobles, un tanto impulsivamente. Su necesidad de sincerarse ante alguien tenía que ser enorme.
─Por eso, lo que dijiste el otro día…
─… aquello de que te gusto mucho… ─precisó una segunda voz.
─… me encantó ─zanjó la primera al fin─. Me sacudió por dentro y me elevó por los aires. Y entonces comprendí que no deseo perderte. Por eso quería explicártelo todo y… ─a punto de dejarse llevar por la emoción, la Muchachica se detuvo. Otra de ellas tomó el relevo en el relato, aunque también parecía a punto de hacer pucheros. Todas tenían los ojos brillantes.
─… y ahora, que te lo hemos explicado todo, eres el primero, el único que ha aguantado todo el relato sin marcharse, protestar o gritarnos que lo que decimos es imposible, una tontería o un invento. ¡El único!
─… y además conociste a Flidriff. ¡No puede ser casualidad! ¡Es una señal!
─No me dejes, por favor. Te necesito. No sabes cuanto te necesito.

Bueno, debo reconocer que aquello era enternecedor, de verdad. No es algo que te suelan decir veinticinco tías de bandera a la vez. Yo me resistí, por supuesto. Como se puede entender, seguía teniendo algunos peros. Aunque la verdad, viéndolas allí a punto de llorar, se me encogía el corazón. ¿Quién era yo, me dije sin olvidar el drama personal que había supuesto intentar separarme de ella aquella misma mañana, para causar tanto pesar a ellas o a mí mismo?
Total, que empezó la reconciliación. Y se acercaron a mí. Todas ellas. Y comenzaron los largos abrazos y los besos también largos. Afortunadamente, con que besara a una, las demás parecían contentarse. Aún así, besé más de unos labios. Besé muchos.
La temperatura fue en aumento. Se notaba que allí íbamos a subir un peldaño más. Entonces una de ellas, la de las gafitas, se hizo oír entre todas las demás:

─¡Bueno, bueno, a ver, organización! ─clamó─. Vamos a ver: pensemos en todo lo que hay que hacer mañana. Unas cuantas personificaciones tendrían que irse a descansar mientras las demás atienden adecuadamente a Enric ─dijo, despertando un Oooh general─. Yo me quedo a estudiar otra vez. Mañana tenemos el examen supremo, de manera que será mejor que busquéis una ubicación más adecuada para el amor y sobre todo, sobre todo, no hagáis ruido.

Pero antes de que las cosas fueran a más, alargué la mano de entre unas cuantas personificaciones que me rodeaban y agarré a la estudiante.

─No ─dije─. Tú tienes que estar.

Ella me miró sorprendida.

─Pero… ¿precisamente yo?.… no puedo. El examen…
─Por favor ─le insistí.
─De acuerdo ─dijo ella. Y procedió a quitarse aquellas gafitas que le otorgaban una personalidad diferente para dárselas a otra. Pero yo lo impedí.
─No te las quites ─le insté.
─Pero sin las gafas, las demás tampoco podrán estudiar ─contestó alarmada─. No nos quedan más.
─Me dan mucho morbo ─añadí por toda explicación.

Hubo un momento de tensión infinita. Percibí su lucha interna. Realmente la Muchachica había movido cielo y tierra para cumplir sus sueños y, quizá por primera vez desde que se había multiplicado por veinticinco, se encontraba con un obstáculo en sus planes. Y ese obstáculo era yo. La pausa se alargó. El resto de las muchachicas permanecieron congeladas también, con el mismo dilema. Acceder podía equivaler a suspender el gran examen y, tal vez, romper con algún sueño. Por otro lado, nuestra primera noche juntos, la primera desde que sabía la verdad, bien podía valer un sacrificio.
Gané. Por todo lo alto. La intelectual buscó mis labios con desespero y fruición, y los encontró. Un poco menos preparados de lo que hubiese yo sospechado. Alrededor nuestro, todo el comedor pareció empezar a arder de pasión. Voló la ropa. Las mil prendas que vestían las muchachicas volaron por los aires y se comenzó a gestar la gran orgía con la que la mayoría de los hombres solo sueñan. Veinticinco chicas desnudas me rodeaban. Nos cogieron a a la intelectual y a mi en volandas y procedieron a despojarnos de nuestra ropa sin que en ningún momento dejáramos de besarnos. Enseguida vi que esto de tener una novia con tantas manos sin duda podía suponer una gran ventaja.
La cosa se calentó más. Empezó el folleteo. Yo temía por mi integridad física. Afortunadamente para mi, las muchachicas parecían más que satisfechas con darse placer unas a otras. Supongo que no era mas que una forma de masturbación. Por fortuna, puesto que así no tuve que ser yo quien apagara el fuego de veinticinco tías ávidas de sexo. Con cinco o seis tuve de sobras, creedme.
La noche fue muy larga. Debían ser hacia las tres o las cuatro de la mañana cuando desperté, en un colchón de regazos de muchachicas. Había diez o doce que me hacían caricias y mimos por todo el cuerpo. Otras yacían a nuestro alrededor, dormiditas. Era hermoso ver a algunas abrazadas a sus copias.
Me di cuenta de que había una luz encendida todavía en aquel salón donde había tenido mi primer ménage à vingt-cinque. La luz era la de la cocina. Una de las muchachicas, de espaldas a mi y desnuda, como todas las demás, se había subido a un taburete y se había puesto a estudiar. Otra estaba junto a ella. Parecía intentar ayudarla de alguna manera. Adiviné que se trataba de la intelectual. A pesar de todo, la Muchachica había seguido en sus trece. Había atendido a mi necesidad sin por ello renunciar a la suya propia.
Miré las caras de las chicas que seguían haciéndome mimos. El masaje a veinte manos se estaba cobrando su tributo. Cerré los ojos, satisfecho, y me pregunté por el futuro. ¿Qué cabía esperar a partir de aquel momento glorioso?
Debí haber supuesto que una vez alcanzada la cumbre de tu existencia, ya solo te queda un camino: descender.

31 de desembre, 2012

Relats: "MUCHACHICA" part IV, per escoltainvisible

Estuve realmente chafado el resto del domingo. No era para menos. Supe que me había enamorado de nuevo. Precisamente de quién no debía. Me sentí como Camilo Sexto cantando Vivir así es morir de amor. Paseé. ¿Qué más se puede hacer? Quería llamar al Maikel, explicárselo todo. Hablar me podía ayudar también. Pero comprobé que mi móvil estaba muerto. Llevaba sin batería a saber cuantas horas. Pues nada. Ya habría tiempo para la confesión. Imaginé lo que me respondería en cuanto nos viésemos y yo le dijera: «Mira Maikel, lo que me pasó. Tenías razón, como siempre. Dos hermanas gemelas jugaron conmigo y después se escondieron en la identidad de la otra, sin reconocer quién de las dos era la que me había llevado allí en primer lugar». «Si ya te dije yo que aquella moza no te convenía, Enric, ¡que están p'allá! Yo las conocí en otra noche loca, me lo pasé de fábula y tal, pero después, cuando empezaron con sus tonterías y vi de qué palo iban, preferí salir corriendo. Y ya está. Mira, darte cuenta ahora, cuando todo acaba de suceder es casi lo mejor que te podría pasar. Imagina si hubieras llegado a quedarte pillado de una…»
¿Y qué le habría dicho yo a continuación al Maikel de mi imaginación? No conseguía pensar en otra cosa que no fuera la Muchachica. Sobre todo no podía dejar de acordarme de la tarde anterior, del breve interludio que habíamos compartido en aquella feria. Su risa. Su risa. En mi cabeza no parecía haber espacio para nada más. Hubiese dado cualquier cosa por haber vuelto a disfrutar de aquella risa suya. Tener que volver a aprender a vivir con su ausencia era lo que más me dolía. Me pasé la mano por la cara. Descubrí una lágrima.
Me sentí un idiota. Tenía que olvidarla, y olvidarla pronto. Hay una palabra para describir las personas que son como la Muchachica: encantadoras. Personas que son tan agradables que no pueden evitar que otros a su alrededor caigan en el embrujo que provocan y puedan llegar a enamorarse. Una mujer encantadora es una persona peligrosa incluso a su pesar. Yo las llamo «encantadoras de serpientes», porque con una mirada te pueden obligar a bailar a su son. Supongo que por eso hay tantas tías atractivas que son superbordes, ariscas o inaccesibles para no despertar demasiadas pasiones a su paso; pues bien, tenía que hacerme a la idea de que yo había caído víctima del influjo de una encantadora de serpientes. Y solo tenía que ser consciente de ello y seguir con mi vida. Eso lo haría más fácil.

Llegué a mi casa cuando ya anochecía. Mi cuartel general estaba más bien desordenado. Con razón: en las últimas cuarenta y ocho horas había pasado tan solo un par de veces a ducharme y cambiarme a la velocidad de Clark Kent convirtiéndose en Superman. Había mogollón de cosas por hacer. Puse a cargar el móvil y empecé a desempeñar las penosas actividades domésticas. Es curioso, pero el único momento en que no te molesta fregar el suelo o poner lavadoras es cuando sufres de mal de amores. A mí por lo menos, me pasa: Lo que necesito es una tarea la mar de aburrida en la que pueda ocupar toda mi mente y no pensar en lo desgraciado que soy. Es un poco como ver la tele, actividad a la que me puse rápidamente en cuanto acabé. Me eché en el sofá frente a la pantalla. Pero en cuanto me di cuenta de que las únicas imágenes a las que mi mente permitía el acceso eran las de la sonrisa de la Muchachica, me revolví con rabia y dejé de engañarme y pretender que tenía algún interés en las tonterías que salían del aparato. El teléfono se había cargado ya. Lo encendí. Hablar con el Maikel de carne y hueso podría hacerme bien.
Entonces flipé. Mi móvil había acumulado ¡cuarenta y dos llamadas perdidas! Comprobé que dos eran del Maikel, una de mi madre y el resto eran de la Muchachica. Me había llamado todas las horas del día un mínimo de ocho veces. Y no solo eso: también tenía mensajes. Todos decían más o menos lo mismo: «Te debo una explicación. Pero es complicada. Llámame. Besos». Besos. Sí, besos y otras cosas. Eso era lo que me gustaría de ella, pero no sabía si debía. Decidí que una disculpa no tenía porqué ser perjudicial, y no significaba un paso adelante. Era probable que después de aquello pudiéramos dejarlo de forma un poco más civilizada y sin el amargo regusto de boca actual. En resumen: ¿qué daño podía hacerme? Hablaríamos.
Cogí el teléfono y ya estaba marcando, cuando ella se me adelantó; en la pantalla apareció «Muchachica», que era la manera como, a falta de un nombre mejor, había registrado su teléfono. Contesté. Era ella. O su hermana. Fuera quien fuese lloraba. Estuvo unos instantes haciendo pucheros por teléfono, de manera que casi no la entendía. La verdad es que me partía el corazón oírla así. Hubiese querido estar junto a ella para consolarla. Entonces recordé que aquello era parte del embrujo de la encantadora. Tenía que ser fuerte.

─Vamos por partes ─dije─. ¿Cuál es tu verdadero nombre?
─Estela. Me llamo Estela y siempre me he llamado así, desde que nos conocimos en la discoteca.
─¿Así que eres tú la que conocí allí?
─Sí.
─¿Cómo puedo saberlo seguro?
─Tendrás que fiarte de mí.
─Muy bien, pongamos que te creo. ¿Cómo se llama tu hermana?
─Tengo una hermana que se llama Evelyn, pero…
─Con eso me vale ─la corté─. ¿Por qué tu hermana se hace pasar por ti?
─…
─¿Estela?
─Estoy aquí, estoy aquí. Solo que… es complicado. Tendrías que venir. Prometo que te lo explicaré todo. Aunque verás que hay cosas de mi vida que son algo difíciles de asumir.
─Pero, ¿te das cuenta de lo que me pides? Ponte en mi lugar: ¿Qué pasará si voy? ¿Cómo sé que me dirás la verdad? ¿Podrías ser ella haciéndose pasar por ti? ¡Sois iguales! ¡Indistinguibles! ¡Tal vez nunca pueda saber a ciencia cierta a cual de las dos tengo delante! ¿No crees que tengo razones para estar inquieto?
─Las tienes, es cierto, pero todo quedará explicado si vienes ahora. Ella estará presente. De manera que no temas.
─¿Ella también estará?...

02 de desembre, 2012

Relats: "MUCHACHICA" (part III), per escoltainvisible

 Creo que ya era pasado el mediodía cuando por fin recuperé la conciencia, merced a cierto intenso dolor en los bajos que no me dejaba dormir. Una de las hermanas seguía echada a mi lado. La otra no. Se había marchado.
El recuerdo de las advertencias del Maikel volvió. Ahora empezaba a comprender. ¿Me sería posible mantener una relación duradera con una chica que sabe que me he follado a su hermana con la misma intensidad con que me la follo a ella? ¿Cuánto tiempo se podría mantener una relación a dos bandas antes de que empezaran los celos?
Imaginé un futuro lejano con una relación más normalizada, sentándome a la mesa por Navidad, junto al resto de la familia y ver a Estela a nuestro lado, con sus gafitas y su cara de intelectual, simulando que nunca había ocurrido nada entre nosotros. Bueno, pues yo no sé ella, pero para mí sería una situación muy violenta. ¿Y si se echaba novio? ¿Con que cara miraría yo al pobre infeliz de quien he catado la parienta?
Ni siquiera se me pasó por la cabeza que el ménage à trois fuera a ser algo que pudiese sostenerse mucho tiempo. Tal vez una noche o dos más, a lo sumo, pero no me hacía fantasías acerca de lo que pudiera durar a medio o largo plazo. Lo pensé incluso por mi bien: ¿cuánto tiempo hubiera podido mantener el tipo frente a dos tiarronas de semejante calibre sexual? Me sería fácil hacerme el fantasma, claro. Pero no. Los tíos hemos de hacer el fantasma solo ante los demás. Cuando nos enfrentamos a la cruda realidad, hay que ser objetivos: dos noches más como aquella y acabaría en la UVI.
La Muchachica —cualquiera que esta fuese— estaba despierta, como yo. Me miraba con media cara hundida en la almohada. Tal vez hubiera cierta nota de vergüenza en su expresión. Pero era una nota dulce.

—Vaya nochecita, ¿eh? —aventuré, no muy seguro de cuál de las dos era mi interlocutora.
—Sí —dijo. A través de la almohada, su voz sonó amortiguada.
—Nos lo pasamos bien, ¿no?

Ella asintió con un parpadeo que decía «¡inolvidable! ¡vaya polvazo!».

—Ehm… Bueno, antes de continuar… Solo quiero asegurarme… ¿Con quién estoy hablando? —pregunté. Eso me serviría para dos cosas: salir de dudas acerca de cuál de las dos hermanas tenía delante y, en caso de que fuera la mía, me permitiría saber su nombre de una vez por todas.
—Soy Estela —me dijo.
—Ah —dije yo—. Oh —repetí enseguida.

No esperaba aquello. La lógica dictaba que fuera mi Muchachica la que se quedase conmigo toda la noche. No sospeché que fuera a dejarme a merced de su hermana. De hecho, Estela había conseguido engañarme: a la luz de la mañana y con aquella expresión de corderito degollado, se parecía tanto a mi Muchachica que había logrado confundirme. Ni rastro de la frialdad de la noche anterior, en que sí me había parecido una persona completamente distinta.

—Yo… —empecé a decir. Pero mis palabras no eran para ella, sino para su hermana, y perdieron sentido antes incluso de ser pronunciadas. Me sentí estúpido. No era aquella la chica con la que yo había quedado la tarde anterior. Necesitaba hablar con ella, y no con otra. Me levanté de la cama, y a toda velocidad, me puse la ropa.

—Mira, lo de anoche… fantástico y tal. Y no te lo tomes a mal, de verdad, pero tengo que hablar de unas cuantas cosas y tú no me sirves. Por ahora no. Voy a ver si encuentro a tu hermana para aclararnos, y después, ya veremos.
—Oye, pero si yo… —se resistió ella, algo estupefacta. Pero no acertó a levantarse. Y antes de que lo consiguiera, yo ya estaba vestido y cerrando tras de mí la puerta de la habitación.

Salí del pasillo, y llegué al salón redondo. Y allí encontré a mi Muchachica. Pero en cuanto la vi, me quedé de piedra. Se había puesto una indumentaria similar a la que había lucido su hermana antes del gran polvo: vestimenta parecida, las mismas gafitas de intelectual y la misma mirada distante. El embrujo de la noche anterior se esfumó por completo. Si no me encontraba de nuevo ante Estela, me encontraba ante una buena copia. Aquellos ojos fríos me hicieron sentir total y completamente rechazado.

—Pero bueno, ¿se puede saber a que jugáis vosotras dos? ¿A hermana buena, hermana mala? —supongo que mi reproche sonó algo más ácido de lo que en principio pretendía, pues la Muchachica de inmediato cambió la cara.
—¿A qué te refieres? —respondió ella, como si no supiera de qué le estaba hablando. Aquella manera de fingir, consiguió enervarme todavía más.
—Me refiero a que me gustaría ser algo más que el pasatiempo de dos hermanas perversas, ¿vale? Me gustas, ¿sabes? Ale, ya lo he dicho: me gustas mucho. Y me gustaría no ser tratado con desprecio, ni que me hicierais bailar la cabeza. Ni tú, ni tu hermana, ¿estamos?
—Estamos. ¿Y cómo se supone que no debo hacerte bailar la cabeza?
—¡Pues no estaría de mas que me dijeras tu nombre verdadero, para comenzar!
—Yo me llamo Estela —dijo. Y se quedó tan ancha.

La otra chica, la que había dejado en la habitación, nos alcanzó entonces.

—Mira, perfecto. Ya estamos todos —dije yo, que comenzaba a exasperarme—. Así pues, si esta es Estela, entonces ¿tú quién eres? —pregunté a la recién llegada, creyendo nuevamente que se trataba de mi Muchachica. Pero ella contestó, sin titubeo alguno:
—Estela.

Os juro que parecía sincera. Y la otra también parecía sincera. Ni una duda, ni un intento de aclarar las cosas por parte de ninguna de las dos. Aquello, o bien era verdad y ambas compartían el mismo nombre, cosa que no podía ser, o era una estratagema ensayada. En todo caso, yo ya tuve suficiente.

—De acuerdo. Muy bien. Tenéis un problema de identidad muy serio. Ya volveré cuando lo hayáis resuelto. Y os diré otra cosa: si en realidad teníais ganas de libraros de mi, no os hacía falta tanta tontería, ¿sabéis? ¡Bastaba con decirlo y os hubiera dejado en paz! —solté mientras me dirigía a la salida. Me parece que la que era mi Muchachica intentó detenerme, pero estando como estaba, semienvuelta en sábanas, no era precisamente ágil. La otra, la de la taza de café, no hizo ni el más mínimo gesto para impedir que me fuera. Ya desde la puerta, añadí:— Ale, chatas, ¡au revoire!

Con un portazo zanjé la cuestión. Y me alejé, no sin tristeza, de los dos polvazos de mi vida.